Djabu Balde:
“La ablación no deja solo una herida física, deja una herida mental para toda la vida”
Hay un poema, ‘Invictus’, que incluye un célebre verso asociado a Nelson Mandela: “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”. Esa composición sirve, en parte, para explicar la vida de Djabu Balde, una mujer que nació en Guinea-Bisáu y que ahora se asoma a un presente ilusionante en España. Docente, actriz, modelo y, sobre todo, madre, Balde ahora explora otra faceta, la literaria, de la mano de ‘Entre dos madres’, una autobiografía editada por Medialuna que tiene un objetivo claro: visibilizar la mutilación genital femenina y crear una sensibilización social.
En la nota de prensa se cuenta que, una vez que recibió las galeradas de este libro, se echó a llorar por la emoción. Ahora que ya el libro es una realidad, ¿cómo lo está viviendo?
Estoy supercontenta porque no esperaba tanto apoyo de tanta gente que creyese en este proyecto y que encima estuviera ayudando por la causa. Me siento como cuando tienes otro hijo más al que alimentar y cuidar. También muy arropada, con fuerza para hacer llegar este mensaje y visibilizar el tema de la ablación, sobre el que hay mucha desinformación. Me siento bien, muy bien.
En el libro cuenta muchas vivencias dolorosas a nivel físico y mental. Habrá sido duro evocar todos esos episodios vitales.
Tuve la suerte de contar con el acompañamiento del equipo de la agencia Medialuna para poder hacer esto. Me sentí muy arropada. Ha sido un poco terapéutico también, porque había asuntos, sobre todo el tema de la ablación, además de otros momentos de mi vida, sobre los que no me sentía con fuerza para contarlos. Esto me ha ayudado también a aceptar lo que pasó y a decidir cómo seguir con mi vida. Esa ha sido una parte muy terapéutica. Hemos escrito capítulos que han sido muy duros, también hay otros muy bonitos y empiezas a ser más consciente de que el camino ha sido duro, pero que tiene cosas muy bonitas de las que he aprendido mucho.
Uno de los objetivos del libro es visibilizar el problema de la ablación. En el libro cuenta que tuvo muchos problemas después y que pasó bastante tiempo en el hospital. ¿Qué secuelas le ha dejado?
Psicológicamente ha sido muy duro porque he tenido que estar en tratamiento con diversos profesionales, como psicólogos y ginecólogos, a lo largo de mi vida. Es una herida que no solo se manifiesta en el plano físico, también está a nivel mental, sin poder tener una vida sexual normal, sintiéndome empequeñecida, que realmente es el objetivo real de esta práctica que se hace en muchas partes del mundo. También he sentido mucho enfado porque piensas que lo que me ha pasado le pasa a más gente y eso cabrea aún más. Hay que intentar visibilizarlo más para que la gente sepa lo que es. Por ejemplo, mucha gente me ha escrito para preguntarme qué es la ablación. Una se siente más triste todavía cuando piensas que hay una niña cada doce minutos sufriendo esto. Tenemos que ser un poco más conscientes y no mirar hacia otro lado con el dolor de los demás.
Desgraciadamente la ablación no es una práctica nueva, lleva sucediendo muchos años. ¿Por qué cree que los países que pueden tener cierto poder en el orden mundial siguen mirando para otro lado y no abordan esta cuestión?
Creo que tiene mucho que ver con el abandono de la causa. No sé hasta qué punto también hay intereses políticos, pero sobre todo porque es un tema muy difícil de erradicar porque es muy grande a nivel mundial. Hay muchas asociaciones trabajando sobre ello y conviviendo directamente con la situación en África, pero es un continente muy grande y es difícil llegar a todas las zonas. Además, ahora también hay zonas de Latinoamérica donde se practica. Pensaba que íbamos a ir avanzando sobre este asunto y parece que ocurre al contrario. Por eso es una lucha muy importante de la ONU para intentar acabar con ello en 2030. Considero que la desinformación es uno de los grandes problemas, sería bastante útil una campaña consciente para invitar a las mujeres a negarse, por ejemplo en países como Guinea-Bissau, de donde vengo, porque así podrían entender las consecuencias que sufre una persona que ha sufrido la ablación. Mi madre fue una de las rebeldes que dijo que no quería que se me practicara, pero no pudo evitarlo porque era mujer y no tenía voz. Por eso hacen falta campañas directas allí y también mucha información aquí, donde tenemos el poder de ayudar.
¿Ha sentido rencor en algún momento?
Sí. Toda mi vida he sentido rencor hacia el hombre, hacia mi cultura y hacia esa práctica. Cuando eres pequeña no entiendes por qué sucede esto. En mi caso culpabilicé a mis padres, principalmente a mi madre, preguntaba cómo pudo permitir que me hicieran eso. Sentí mucho miedo, tanto que sigo durmiendo con las manos protegiendo mi zona genital por temor al contacto físico. La ablación hace que te relaciones de una manera diferente.
Siguiendo con su trayectoria vital, a los nueve años viaja a Senegal para que su abuela reciba tratamiento médico. ¿Cómo vivió ese cambio?
Al principio, antes de llegar a Senegal, lo viví como cualquier niña de Guinea-Bissau a la que separan de sus padres para darle una oportunidad. Dentro de África y su pobreza, Senegal era como un nuevo mundo. Era una manera de estar con mi abuela, no me sentía vulnerable, sino afortunada. Luego me pasaron una serie de episodios que no son agradables para una niña porque tienes una infancia desordenada. Después lo veía como una oportunidad para llegar a España, que era donde mis padres habían decidido que podía tener un futuro. Estaba feliz de tener esa oportunidad de estudiar, formarme y convertirme en la mujer que quería ser.
Acaba viniendo a España, a Torre de la Reina, en Sevilla. Lo que debería ser un lugar de seguridad también tuvo momentos difíciles.
Sí. Parece que todo es un drama, pero mucha gente también tiene episodios muy duros en su vida. Yo tenía que contar esto por la gente a la que quiero ayudar y porque también ha sido terapéutico para mí. El victimismo no me lleva a ningún lado, no cuento esto para hacerme la víctima. Para mí ha sido duro sentarme y contar mi vida. Pero cuando nuestro camino, por duro que haya sido, puede servirle a otras personas para tener una vida un poquito mejor, más en algo tan importante como los derechos humanos y la libertad de una mujer, ahí siento que debía ser valiente y no mirar para otro lado.
Sí, fue un episodio complicado llegar a Torre de la Reina pensando que iba a tener un hogar y una familia estable, pero que mi padre nunca estuviese y pasasen tantas cosas con su pareja. Aun así, creo que también me hizo más fuerte.
Damos un salto en el tiempo y nos vamos a Valencia, donde vivió cosas muy bonitas como ser madre, pero también una cara negativa como la de los malos tratos. ¿Sintió en algún momento que la vida estaba siendo demasiado injusta con usted?
Sí. Sentía que nunca me iba a levantar. Lo tuve muy difícil en ese proceso porque él tenía más recursos que yo, es muy difícil salir de ahí. Sentía que era otra cosa que tenía que superar, no veía la luz. Aun así, pensaba que estaba en el país donde quería estar, con las oportunidades necesarias, que iba a ser un camino duro pero que podría salir. Gracias a mi madre y a toda la buena gente que me he encontrado en la vida he podido hacerlo. Es muy duro ser mujer migrante, sola, en un país donde no tienes a los tuyos.
Ya en el presente, ¿cómo la ve su hijo?
Las madres siempre pensamos que no lo estamos haciendo bien, la sociedad nos exige mucho en ese sentido: ser todoterreno, estar incluso cuando no podemos, se justifica más la ausencia de un padre y, en cambio, se siente más que una madre falla porque la sociedad le recuerda que debe ser perfecta. Mi hijo me ve como un referente y habla de mí con orgullo. Es algo que cuento también en el libro, me hace sentir que tiene sentido todo el camino que estoy haciendo con él y el trabajo que estoy llevando a cabo para no repetir determinados patrones. Con él soy más severa e insistente. El materno es un amor que te obliga a luchar, a mí me ha hecho más mujer y más madura. Me siento muy orgullosa de que cuando habla de mí con sus amigos o profesores lo haga con cariño y admiración. Es un niño increíble, me ha servido como fuerza. Me siento orgullosa de que me entienda, él conoce la realidad que vivimos porque no se puede meter a los niños en una burbuja.
A pesar de todas estas vicisitudes no ha dejado de formarse. Ha estudiado Filología Inglesa, Interpretación, ha trabajado como modelo, tiene la titulación para ser tripulante de cabina... ¿De dónde ha sacado la fuerza?
He tenido a mis dos madres que me ha inculcado la constancia. En Guinea-Bissau veía a mi madre, que es una luchadora nata, una activista de los derechos de las mujeres, y siempre pensaba que podía aspirar a más. Tengo sueños, como ser actriz profesional, y quería usar mi talento para visibilizar situaciones como esta. Hablar siete idiomas también ha hecho que sea más inquieta, querer aprender más, especialmente de las otras culturas que voy conociendo gracias a mi trabajo. Los artistas hacemos un poco de todo para sobrevivir. He trabajado en la moda cuando he podido, también he tirado de la academia, incluso cuando no podía, coger otros trabajos de interpretación que me ayudaran a seguir adelante y, sobre todo, he tratado de ser independiente y no depender de nadie.
Ha mencionado varias veces a esas dos madres. ¿Por qué este título para el libro?
Porque era una manera de dignificar a las dos mujeres que me han hecho ser como soy. También quería explicar la perspectiva de crecer con dos culturas, dos madres y dos maneras diferentes de ver la vida. Eso me ha influido muchísimo. Además refleja la identidad de mucha gente que sufre una crisis y no entiende por qué es diferente. Creía que era importante explicarlo, porque es mi manera de ver la vida y también la de mucha gente que emigra y vive entre varias culturas.
Pudo volver hace tres años a Guinea-Bissau. Imagino que sería un viaje muy intenso emocionalmente.
Lo disfruté mucho. Tenía miedo de volver y que me vieran como una extraña, pero mi madre hizo un trabajo muy bonito para que nunca olvidara mi lengua. Así que cuando regresé, hablaba fula, que es la lengua de la etnia de mi madre, pude comunicarme con mi gente y eso fue precioso. Me pude abrir. Sobre todo me hizo sentirme afortunada por ser una de las niñas que ha podido venir a otro país y construir un futuro. También lo pasé mal porque quería ayudar a todo el mundo, el poco dinero que tenía ahorrado lo invertí en comprar sacos de arroz para los niños. No lo hacía por sentirme bien conmigo misma, era un compromiso; por poco que tengamos, siempre puede servir para ayudar.
¿Qué significa para usted la palabra resiliencia?
Significa muchas cosas. Resiliencia es identidad, superarse incluso cuando crees que no puedes, es encontrarse a una misma, no juzgarse. Es una palabra muy bonita que incluso gana belleza con este libro y todo lo que estoy viviendo. La resiliencia es un constante crecimiento que nos refleja a mucha gente en esta sociedad.
Ahora, cuando realiza una visión de este recorrido vital, ¿qué sabor de boca le deja?
Sobre todo me siento con fuerza. He tenido la suerte de estar en España, un país donde la gente ayuda incluso cuando no puede. Creo que lo único que falta es más información para ayudar más en temas como la ablación. He aprendido a través de este proyecto a mirarme, a ver que, aunque he tenido una vida dura, puedo seguir superándome, que no debo quedarme en el victimismo. También he aprendido a entenderme y conocerme más.
Principalmente que me gustaría que la gente tuviera la oportunidad de conocer más sobre la ablación. Somos una sociedad que avanza en muchas cosas, estamos hablando de la Inteligencia Artificial, por ejemplo, y aun así están pasando cosas que no deberíamos permitir. Visibilizar la ablación hace que nos comprometamos a no mirar a otro lado. Animo a todas las mujeres del mundo para que, al leer 'Entre dos madres', sigan soñando y luchando, siempre hay un camino en el que puede aparecer gente que ayuda. Hay que creer en una misma, hay que aceptarse, conocerse más y tomar conciencia de lo que está pasando para poder ayudar.