Pablo Álvarez:
“La única salvación que tenemos es el amor”
las mujeres y las enfermedades de transmisión sexual
Después de muchos años trabajando como editor y agente literario, Pablo Álvarez da el salto con ‘La necesidad de amar’, una novela con la que ha conquistado el Premio Azorín. En ella, el autor aborda temas como el miedo, la identidad, el sida y la violencia contra las mujeres, tomando como referencia la figura histórica de Beatrice Cenci.
5 de marzo de 2026. Imagino que es una fecha que ya no olvidará nunca.
No se me va a olvidar jamás. Fue un día superemocionante. Cuando recogí el premio, no me salían las palabras y todavía estoy digiriendo ese momento y todo esto que está ocurriendo. Escribí esta novela con mucho pudor. Es cierto que llevo toda la vida queriendo escribir una novela, pero por mi oficio como editor y agente literario me sentía como un intruso, con el síndrome del impostor. Pensaba qué iban a pensar mis autores, mis compañeros, vosotros los periodistas... Pero al final, como me estoy haciendo mayor, pensé en que, cuando tuviera la novela acabada, la iba a autopublicar para que fuera una cosa más ligera. Conforme fui teniéndola, me fui reafirmando y enamorando un poco de esta novela, así que me opté por una publicación más decente. Busqué un pseudónimo, me presenté al premio y aquí estamos.
Además de ese pseudónimo, cuando se conoció la lista de finalistas, esta obra aparecía con otro título: 'El camino equivocado'. ¿Por qué este cambio?
P
orque hay un momento en la novela donde uno de los personajes le dice al otro que para encontrarse a uno mismo muchas veces hay que elegir el camino equivocado. Además, me ha resultado curioso que es algo que habéis reseñado mucho. Hay gente que dice que es muy bueno ese título. Elegí como pseudónimo el nombre de Guido Reni porque tiene una trama dentro de la novela. A él le atribuyen el cuadro de Beatrice Cenci, pero en realidad también hay otras teorías, que no sabemos sin son ciertas o no, que defienden que fue una alumna suya la autora de esa obra y que no retrató a Cenci. En ese proceso de documentación Guido Reni estuvo muy presente.
Esa experiencia como editor y agente literario, ¿le ha ayudado o se ha tenido que despojar de algo para escribir esta novela?
Esa experiencia, evidentemente, me ha servido a la hora de construir la novela, es una novela que tiene bastantes capas. Lo que me ha resultado más difícil ha sido editarme a mí mismo, igual que ahora me cuesta defender mi obra. Estoy acostumbrado a editar a otros autores, lo veo todo facilísimo en el texto de otro. En cambio, en el mío hubo unas inseguridades, unos miedos, no sabía por dónde cortar. Ha sido una batalla grande durante todo el proceso.
En la bibliografía cita un artículo de Juan Arias para El País en 1987 sobre el temor que había en Italia al sida. ¿Fue ese el germen de la novela?
No, eso forma parte de la documentación. El germen fue que yo viajé a Roma, a la Academia de España, hace casi una década, a visitar a Eugenia Rico, una autora de la que yo era editor. También viajé para hablar con los becados sobre el mundo de la edición. Visitando las instalaciones de la academia, en la iglesia de ese monasterio franciscano, vi que había una lápida que ponía Beatriz Cenci. Pregunté quién era. Me explicaron muy brevemente la historia de esta muchacha que fue abusada por el padre, lo asesinó, el Papa del momento la condenó y los romanos la han convertido en una heroína. También me hablaron de una efeméride del 11 de septiembre, cuando los romanos se visten con ropas del Renacimiento y celebran unas ferias. De alguna forma, me atravesó esa historia. Pensé que uno de esos becados podía estar allí escribiendo sobre esta mujer y ya empecé a darle forma. He tardado mucho en acabarla, porque tengo mucho trabajo siempre y debo por las noches, en fines de semana y en vacaciones.
En relación a la historia de Beatrice Cenci, ¿había también un deseo de rescatarla para conectar con el mundo actual donde las mujeres aún siguen silenciadas en determinados ámbitos?
Sí, totalmente. Es una de las cosas que me llamó muchísimo la atención. Estoy muy sensible con todo el tema femenino por muchísimos motivos, para empezar porque tengo dos sobrinas, una de 19 y la otra ahora de 16. Pensé que estaba bien seguir denunciando esta atrocidad a día de hoy y que, a través de un personaje del siglo XVI, también podía llamar la atención. Beatrice Cenci fue la musa de los románticos de su época, han escrito sobre ella muchísimos autores, pero luego se ha ido silenciando con el tiempo. Era una buena historia para volver a poner sobre la mesa el tema del maltrato a la mujer y hacerlo, además, de una manera que nos hace pensar en la cantidad de tiempo que llevamos haciendo las cosas mal.
En realidad no hay mucho escrito sobre Beatrice Cenci, y lo que hay es muy contradictorio: unos dicen que tenía 15 años, otros que tenía 20. Se ha convertido todo en una leyenda, y yo he escrito la mía. Lo único cierto es que mató al padre, que la ajusticiaron y que fue a parar a San Prieto en Montorio. Uno de los personajes de mi novela, Viola, le dice al protagonista, Martí, que también en la autoría del cuadro el poder masculino aplasta a la mujer. He jugado con esta especie de leyenda y he llevado las cosas hacia donde me apetecía.
Si le parece, volvemos al artículo que le mencionaba antes de Juan Arias en El País. En él se habla del sida como “la peste del siglo XX”. ¿Hemos bajado la guardia respecto a esta enfermedad?
L
as nuevas generaciones, sí, lo ven como algo del pasado. Es verdad que, afortunadamente, se ha avanzado muchísimo en investigación y en fármacos, la gente ya no muere de la forma que lo hacía antes. Sin embargo, hemos bajado mucho la guardia frente a las enfermedades de transmisión sexual, no solamente el sida, que quizás sea la más llamativa. A mí, perteneciendo a aquella generación, el sida me marcó mucho y me limitó muchísimo a nivel sexual cuando estaba en una época en la que quería experimentar.
¿Cómo puede ayudar la literatura a visibilizar y también a reducir el estigma del sida?
Es un altavoz y provoca una reflexión. La literatura siempre es sanadora y positiva, siempre aporta. He querido llevar la novela a una época que yo he vivido, no he querido explorar un terreno desconocido. Esa época en la que Martí deja atrás la adolescencia para adentrarse en la vida adulta, tanto en la literatura como en el cine, me parece muy interesante, esos momentos en los que pasas de un lado al otro. Este protagonista tiene 20 años. Espero que algún lector joven se acerque a esta novela y le sirva como una llamada de atención porque los datos de enfermedades de transmisión sexual entre ese estrato de la población están creciendo. Se han perdido lemas como el 'Póntelo, pónselo'. No hay apenas campañas que les alerten de los riesgos. En los hogares son conscientes de que se empieza a tener relaciones sexuales a una edad muy temprana, pero tanto ahí como en el ámbito educativo no se pone demasiado el foco en estos riesgos, hay un poco de estigma a la hora de hablar sobre ello.
Martí Rocamora llega a Roma y no sabe muy bien cómo escribir sobre Beatrice Cenci. ¿Hay algún paralelismo con su proceso de creación de esta novela?
Exactamente. Martí va tras las huellas de Beatrice durante ese año, pero lo que acaba encontrando es su propio camino, que puede ser equivocado o no. De alguna manera, el avance que iba teniendo en mi investigación lo iba incorporando en el personaje de Martí.
El mismo Martí acaba protagonizando un peculiar triángulo amoroso. A lo largo de la historia, muchas ocasiones se ha catalogado como vicio todo lo que estuviera fuera de la heterosexualidad.
Normalmente, todo lo que no sea una relación entre un hombre y una mujer está mal visto. Me interesaba mucho el tema de la bisexualidad y generar una historia de amor entre tres personas, pero no basada en el deseo o en el morbo, sino en una historia de amor real. Viola y Thomas son una pareja que llevan muchos años y Martí les aporta un rayo de luz por su juventud. Viola es la más valiente de los tres, la sabiduría de Thomas... son elementos muy atractivos, al igual que la culpa que sienten los tres, que es uno de los temas más importantes de esta novela. Es algo de lo que se habla poco y que está muy presente en nuestras vidas. Solo quería normalizar algo que puede parecer estrambótico: que cada uno ame como quiera, sea en una relación de dos o de tres, y, sobre todo, en una relación que no es convencional. La iglesia ha puesto muchas barreras a esto, cuando el amor es mucho más sencillo que todo ello. Ahora, a través de las entrevistas con vosotros, estoy descubriendo lo reivindicativa que es esta novela; no pensaba que fuera así, me estoy descubriendo a mí mismo en ese sentido. He escrito una novela que me salía de la tripa.
Sobre esa relación a tres bandas entre Viola, Thomas y Martí, ¿hemos puesto demasiadas etiquetas a algo tan amplio y profundo como el amor?
No tengo mucho conocimiento de lo que es el poliamor, creo que eso está más unido al deseo, pero no veo que sea exactamente lo que se plasma en la novela. Quería que el lector entre en esta historia con naturalidad, basada en el amor, aunque también haya deseo y sexo. Eso era lo difícil. Por eso no quería que se hablara de etiquetas en la novela. No me gusta que se ponga etiquetas a algo simplemente por no estar dentro de las convenciones. La novela habla mucho de las personas que están en los márgenes y tratar de normalizarlo, solo estoy hablando de personas que se quieren, que se admiran y se sanan, que es lo que tiene que ser el amor, creo yo.
¿Es la necesidad de amar lo que nos diferencia de otros animales?
Totalmente. La necesidad de amar nos hará libres. Se necesita mucho amor, porque se han perdido muchos valores. En el día a día casi nadie saluda, e incluso dentro de una familia se han perdido muchos factores intrínsecos. Tal y como está el mundo, la única salvación que tenemos es el amor. Por eso este título es un llamamiento. Hemos aprendido del 'divide y vencerás' y otras cosas muy violentas, hemos dejado atrás lo esencial.