Personajes

Chiki Fabregat:

“Los seres humanos vivimos con pasión porque sabemos que nuestro tiempo es limitado”

La autora madrileña presenta ‘Tama Puia: los hijos del volcán’, una novela que parte de una profecía milenaria y en la que toca temáticas que invitan a la reflexión

Situado en pleno corazón de Embajadores, el Rastro es más que un mercadillo al aire libre: por popularidad y antigüedad se ha ganado la consideración de ser uno de los espacios más representativos de Madrid. Tanto es así que Chiki Fabregat ha recurrido a él para ambientar su nueva novela, ‘Tama Puia: los hijos del volcán’ (Siruela).

‘Tama Puia’ se publicó hace apenas unos días. ¿Ha podido recibir ya las primeras valoraciones de los lectores?
Sí, la verdad es que sí. Estoy supercontenta porque están llegando valoraciones muy buenas y estoy muy satisfecha con cómo está yendo hasta el momento.

Aunque la novela está dirigida a lectores a partir de 14 años, ¿puede disfrutarla también el público adulto?
Por supuesto. Además, creo que la van a disfrutar mucho. Cuando hablamos de 14 años estamos hablando de una edad muy fronteriza, de lectores con una comprensión lectora muy desarrollada, maravillosa, así que en realidad no están tan lejos del público adulto.

El título es muy sugerente. ¿Por qué ‘Tama Puia’?
Porque en samoano significa “hijo del volcán”. Busqué ese término porque quería que evocara un territorio tradicional de volcanes, una zona casi aborigen.

Comentaba en la presentación realizada en la Librería Alberto que la primera versión de la novela era muy distinta.
Sí, al principio era casi una historia policíaca. Había una sociedad secreta que intentaba capturar a los Tama Puia, que son inmortales, para arrancarles el corazón de lava y así conseguir la inmortalidad. Este tema, el de intentar robar la inmortalidad, es un tema que ha sido abordado infinidad de veces tanto en el cine como en la literatura. Ese era el principio, hablando de una sociedad secreta sobre la que incluso llegué a escribir escenas sobre un sótano infecto y horrible en el que los secuestraban y mantenían cautivos. Por ahí iba hasta que encontré la historia que realmente quería contar. Necesitaba experimentar primero para llegar ahí. Así que, efectivamente, las primeras versiones no tenían nada que ver con la actual.

Aunque se abordan temas de gran profundidad, no es una novela moralista. ¿Cree que va a interpelar especialmente al lector la parte de dos personajes que quieren amarse pero encuentran personas que lo quieren impedir?
Eso espero. Me gustaría que interpelara a muchísimos lectores, a quienes lo han vivido, a quienes lo han visto desde fuera y también a quienes presenciaron situaciones así y no intervinieron. Esto es algo que, lamentablemente, está en nuestra sociedad y en muchas otras, y ante lo que no deberíamos quedarnos quietos mirando, sobre todo quienes tenemos el privilegio de que nadie se meta con nosotros.

Hay una expresión habitual en el mundo del arte y que también tiene cabida en esta novela: la metáfora del corazón roto. ¿Puede curarse un corazón roto?
Parece que ser sí. A mí me gustan mucho los juegos de palabras y llevar al límite estas metáforas que están tan manidas y que las hemos usado tantas veces pero que no han perdido su sentido original. Cuando alguien habla de un corazón roto, no piensa realmente en corazón que se ha roto físicamente, es decir, que se ha hecho trozos. Y sí, yo creo que se pueden curar, aunque a veces tarden muchísimo tiempo. Incluso mil años.

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De todos los miedos humanos que explora en la novela, ¿cuál considera que es el más peligroso?
Creo que el miedo más peligrosos que tenemos es el miedo a no tener tiempo, a que no nos dé tiempo a hacer todo lo que queremos. Ese miedo lo tenemos igual si vamos a vivir 80 años como si fuéramos a vivir mil. Ese es uno de los miedos más importantes, junto con el miedo a no poder ser quien eres porque otros no te dejan. Para mí el leitmotiv de toda la novela es personajes que no pueden ser quienes realmente son porque otros no les dejan.

Uno de los protagonistas es Chen, un personaje inmortal. ¿Sería una condena vivir eternamente?
Yo creo que sí. Es una cuestión que ya he abordado en otras novelas, porque es una cuestión sobre la que estoy convencida: los humanos vivimos con pasión porque sabemos que nuestro tiempo es limitado, haces las cosas porque no sabes si las vas a poder repetir, es decir, el carpe diem. Si tuvieras toda la eternidad por delante, ¿cómo te implicas en cualquier cosa? Si no lo haces hoy lo harás en cualquier otro momento. Para mí, la inmortalidad es una condena.

En la novela aparecen volcanes, fuego o agua. ¿Quería dejar un mensaje ecológico?
Un poco sí. Reconozco que no tengo demasiada información sobre el desastre que le estamos provocando a la Tierra, pero es algo indudable. Quería reflejar ese mensaje sobre el cambio climático, la Tierra se está agotando, como sucede en las novelas con las madres, que se están también agotando. Sé que que es una novela muy corta en la que he intentado que haya muchísimas cosas, ni siquiera necesito que todas se vean, es decir, que el lector no tiene por qué hacer todas las reflexiones que yo he hecho. Simplemente quiero que le quede un poso.

Habla de esa cantidad de temas que aborda en una novela breve. ¿Ha sido el mayor reto literario que ha abordado?
Sí. Probablemente es la novela más difícil que he escrito. Ha estado muy bien hacerla ahora, no podría haberla abordado hace diez años, no hubiera sido capaz, quizás no habría tenido las herramientas para escribirla. Condensa un poco todo lo que he ido aprendiendo, cada novela te enseña más cosas sobre cómo trabajar una trama y aquí he ido condensándolo. Me lo he pasado muy bien. El reto de trabajar con tres voces y tramas que se cruzan me ha exigido mucho, pero es muy gratificante.

Madrid también aparece en la historia, concretamente el Rastro. ¿Por qué ese lugar?
Porque me di cuenta de que en muchas de mis novelas aparece el Rastro de una manera u otra, en algunos casos con el nombre de una calle y en otras porque era un espacio ligado a los personajes. En esta novela tenía la intención de no esconderme más: el Rastro es un lugar muy importante para mí, vivo cerca, lo visito mucho, lo conozco al dedillo y me gusta mucho. Además, tiene todo lo que yo necesito para una novela: gente muy diversa, muchos orígenes y colores. Me apetecía mucho que fuera el escenario principal. Fui al Rastro a ver ese patio para empaparme de ello, ver cómo era cada ventana donde cada uno de los personajes podían estar alojados.

¿Cómo puede ayudar la literatura juvenil a celebrar la diversidad
Mostrándola en todas las novelas con total naturalidad, sin necesidad de hacer un cartel de neón que diga “ojo, aquí hay personajes diversos”, o sin necesidad de que la diversidad de esos personajes sea su conflicto. Los personajes diversos también tienen vida, al margen de su diversidad, su raza, su sexualidad, su origen... Lo que tiene que hacer la literatura es que esos personajes sean visibles, y que tengan los mismos conflictos e inquietudes que cualquier otro personaje.

La novela tiene una gran capacidad evocadora. ¿Es una cualidad que estamos perdiendo en un tiempo donde cada vez tienen más peso las pantallas?
Esta novela tiene una gran ventaja, que es que no existe el tiempo que hay alrededor, es decir, se ha hecho en el siglo XXI, pero podría haberse escrito en el XIX, no necesitaba que hubiera tecnología ni nada similar. Eso me permite lucirme con la parte poética, con la parte del texto y con la historia que estoy contando. Creo que hay espacio para todo. Nuestros lectores jóvenes pueden leer y disfrutar con ello, ver series, jugar a videojuegos y disfrutar de muchas formas de ocio. Todo suma. Si intentamos hacer una cruzada contra las pantallas, los videojuegos o las series, estamos equivocándonos. Debemos dar importancia y relevancia a todo. Lo que sí es cierto es que la literatura, hoy, tiene que competir con muchos estímulos que son más inmediatos. El ocio, como las series, tiene una satisfacción más inmediata que la literatura.

Recibió el Premio Angular en 2021, ha sido finalista del Edebé, también del Premio Hache. ¿Qué visión tiene de esta amplia carrera literaria con una veintena de títulos publicados?
Estoy emocionadísima porque todo esto se ha dado en muy poco tiempo. Llevo solo once años publicando y ha sido una carrera que ni siquiera soñaba. Me ha ido muy bien y estoy contentísima de cómo ha sido todo ese proceso tan rápido y, a la vez, tan satisfactorio. Creo que he ido poco a poco, dando pasos, por eso decía antes que esta novela no la hubiera podido escribir hace diez años. Me siento muy orgullosa de haber esperado hasta ahora para hacerla.

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