Tras el éxito de ‘Por si las voces vuelven’ y ‘Detrás del ruido’, el humorista explora la ficción con una historia que invita a recuperar la conversación, expresar el afecto y mirar más a quienes tenemos al lado
Ángel Martín:
“Nos damos tanta información a través de mensajes que, cuando nos vemos cara a cara, ya no tenemos nada que contarnos”
Ya se había prodigado en la faceta literaria con ‘Por si las voces vuelven’ y ‘Detrás del ruido’, pero en esta ocasión Ángel Martín ha querido despojarse de esas vivencias personales para firmar su primera novela: ‘El día que lo fuimos todo’ (Planeta). De este proceso nos habla en la siguiente entrevista.
Después de ‘Por si las voces vuelven’ y ‘Detrás del ruido’, publica su primera novela. ¿Qué le ha llevado a dar forma a ‘El día que lo fuimos todo’?
Experimentar en algo que no había probado nunca: la novela. Hasta hace muy poco no había pensado que, en realidad, llevaba mucho tiempo escribiendo ficción en otros formatos, aunque yo pensara que no era así. Lo hablaba con un amigo no hace mucho y él me decía: “Pero si tú escribes ficción desde hace veinticinco años”. Mi cabeza procesaba que los monólogos eran otra cosa, pero son una puta ficción; estás construyendo ficciones con una intención.
Había sido guionista en ‘Siete vidas’, donde escribíamos ficción. En ‘Sé lo que hicisteis’ era ficción todo el tiempo, porque ni Patricia estaba chiflada ni yo era un tío así. Obras de teatro, musicales... La ficción siempre había estado flotando alrededor y, sin embargo, no había sentido la necesidad de escribir una novela.
Hay ideas que no son para un monólogo, para una obra de teatro o para una serie. O, por lo menos, no son viables porque quizás no tienes los recursos para armar un proyecto grande. Me di cuenta de que tenía la posibilidad de escribir ficción y probar qué tal me lo pasaba escribiendo una novela. Fue por la aventura de ver cómo me sentía en ese formato. Intenté buscar algo que pudiera controlar, tener la sensación de no embarcarme en algo demasiado grande porque era mi primera vez. Y poco a poco fue apareciendo ‘El día que lo fuimos todo’.
¿En qué se ha parecido y en qué se ha diferenciado el proceso de creación de esta novela respecto al de sus anteriores libros?
Escribir ‘El día que lo fuimos todo’ ha sido muy, muy divertido. “Divertido” no es la palabra que usaría para describir la escritura de ‘Por si las voces vuelven’ y ‘Detrás del ruido’. Fue muy terapéutico y muy doloroso, pero las intenciones eran distintas.
Especialmente doloroso fue ‘Por si las voces vuelven’; ‘Detrás del ruido’ lo fue menos. Pero, como la intención era esa esperanza de que le sirviera de algo a alguien que hubiera pasado por un proceso similar, necesitaba bucear mucho en lo que había vivido, masticar las palabras y tratar de devolverlo en líneas muy sencillas, que se entendieran y pudieran servir. Era un proceso muy profundo y muy doloroso. Había días que me quedaba jodido. Terminaba de escribir y decía: “No me acerco una semana al proyecto porque necesito oxígeno”.
En cambio, ‘El día que lo fuimos todo’ ha sido muy divertido de hacer y de escribir. Es verdad que, para escribir algunos momentos, he tenido que buscar en experiencias mías para tratar de acercarme a la emoción que quiero que sienta el lector. Si me apetece que en un momento concreto sientas cierta nostalgia, necesito recordar cómo es la nostalgia, que puede llegar a doler, pero lo escribo con una intención distinta: que después el lector se entretenga, se divierta, se ría.
Ha habido más presión con la estructura, porque es una historia y eso es distinto. Como no tenía la experiencia, había mucha presión con cuánto tenían que durar las cosas, cuáles eran los tiempos, cómo hacerlo para no tener la sensación de que me había extendido demasiado o me había quedado corto. O pensar: “Qué rabia, esto no se ha rematado bien” o “No se ha conseguido la emoción”.
A nivel estructural ha sido muy complicado, a pesar de que la historia es muy sencilla. Lo principal es que me lo he pasado muy bien, me he divertido mucho escribiendo.
Además de tener un nombre que empieza y acaba por la misma letra, ¿qué tiene Abel de usted?
Lo del nombre es curioso. Sabía que pasaría. Cuando lo encontré barajé descartarlo porque creía que se asemejaban bastante Abel y Ángel. Sin embargo, hay dos motivos para elegirlo y no tienen nada que ver conmigo. Cuando los encontré pensé que no podía sacrificarlo por eso, porque me parecía más guay.
Primero, porque es el primer personaje de ficción que escribo y me apetecía que se llamara Abel. Quería que fuera uno de los primeros nombres. Adán no me encajaba mucho porque no hay muchos. Caín no me servía porque ya lo sentenciaba directamente con el nombre. Abel me parecía un primer personaje que estaba bien.
Además, tenía algo que no tenían Adán ni Caín: es lo suficientemente común como para que digas que existe, pero no está tan extendido como para tener que sacrificar algunas bromas del libro. Me permitía eso bromas y mantener la fantasía de que mi primer personaje de ficción tuviera un nombre de los primeros tipos que hubo, aunque conllevara asumir lo de la comparación con Ángel.
Más allá de eso, y en relación con lo que mencionábamos de escribir algo que pudiera manejar, he preferido recurrir a cosas que conociera. Cosas que sintiera o que estuvieran alrededor de cómo puedo sentirme yo, de cosas que haya vivido, sentido o conocido. Aunque luego fuera para hacer lo contrario. Pero toda esa búsqueda ha estado ahí para dibujar las emociones que quería conseguir. A partir de esa base, me lo he ido llevando adonde me diera la gana.
Creo que para quien haya leído ‘Por si las voces vuelven’ y ‘Detrás del ruido’ será inevitable que me reconozcan en algunas cosas, y también lo celebro. No pretendía escribir algo que pareciera escrito por otra persona, a lo mejor cuando haya escrito diez novelas empiezo a saber hacerlo, pero ahora mismo no, ni de broma.
Sitúa a Abel en un viaje que no es solo real, sino también metafórico, en el que realiza una serie de descubrimientos sobre su vida. ¿Era imprescindible situarlo en ese tren para articular la novela?
Para mí sí. Y me suponía una dificultad, porque hay películas en las que suceden grandes aventuras en trenes, pero son películas de aventuras. Yo no quería escribir un libro de aventuras.
En un tren tienes la sensación de que no pasan tantas cosas. Sin embargo, cuando te paras a pensar, si prestas atención, caes en la cuenta de que pueden pasar muchas cosas en un tren.
Hacia el final hay un momento que me hacía mucha gracia, en el que parece que están pasando muchas cosas al mismo tiempo: una llamada, alguien preguntando si hay alguien en el vagón... Me apetecía bromear con eso, con que a veces parece que el universo te las prepara todas de golpe.
La dificultad de meterlo en un tren era cómo hacer que pasaran cosas y que el tipo pudiera tener su propio viaje. Pero, por otro lado, necesitaba que fuera un tren porque era un espacio en el que podía controlar el tiempo de la historia.
Si me iba a otro espacio, ya no controlaba tanto los tiempos. No quería escribir una novela que pasara en tres días, en una semana o en un mes, porque todavía no me veo con la capacidad de controlar esos espacios de tiempo. No me veía embarcándome en una pizarra llena de esquemas, notas y pósits: qué ha dicho uno, qué dijo el otro... Eso me aterraba.
La sensación de que podía controlar un viaje en tren y de que, además, me permitía hacer un viaje interior del personaje fue el motivo principal. Hubo esas dos razones para meterlo en el tren.
Entre toda la gente con la que coincide Abel hay un personaje muy importante: Antonio. ¿Se basa en alguien que conozca?
No. Nunca he tenido esa figura en mi vida y me da rabia. Desde mi punto de vista, es alguien que ofrece formas de entender algunas cosas de manera muy sencilla, sin cotillear en tu vida. Es un tipo que sabe leer muy bien lo que está pasando y te ofrece pequeñas píldoras que parece que no son nada y que, de repente, reconfiguran algunas cosas de tu cabeza. Yo no he tenido esa figura.
Sí he conocido a alguien con ese aspecto. No tenía ese color de ojos, pero físicamente había alguien en mi cabeza. Lo que no estaba era esa figura. Tampoco quería, o no me veía capaz, de que todo ese aprendizaje, aunque quizá sea una palabra muy grande, esas sugerencias de formas de enfrentarse a la vida o esas conversaciones un poco más serias sin serlo, llegaran a través de distintos personajes. No quería que con uno descubriera una cosa y con otro, otra. Quería que el resto de personajes le sirvieran para bucear en sus propios recuerdos, emociones, sensaciones o reflexiones.
Por eso construí a Antonio. Me permitía que todas esas conversaciones sucedieran tranquilos, quietos, sentados. Todo lo demás ocurre mientras se mueve por un pasillo, entra en un baño, sale, choca con alguien o sube al tren. Quería que las conversaciones más calmadas fueran con el tío que tiene sentado al lado, que además es tranquilo. Eso ayuda al ritmo sin convertirlo en un libro trepidante de aventuras.
Desgraciadamente, no he tenido a alguien así y me gustaría tenerlo. Me gustaría levantar el teléfono y llamar a Antonio para decirle: “Me está pasando esto”, y ver qué me dice.
Antonio ofrece ayuda de forma totalmente desinteresada, incluso con algo tan cotidiano como un cargador de móvil. En estos tiempos en los que parece que cada uno va a lo suyo, ¿hace falta más gente como él?
Creo que eso se menciona un poco en la novela. Hay un momento en el que Abel habla de por qué le cuesta tanto pedir cosas a la gente cuando antes lo hacíamos con mucha normalidad. Pertenecemos a una generación a la que no le incomodaba pedir cosas a desconocidos, ni ofrecerlas.
Recuerdo viajes en los que alguien sacaba chicles y te ofrecía uno porque ibas sentado al lado. Era muy habitual: no nos conocemos de nada, pero tengo diez y a lo mejor te apetece uno. O quien fumaba pedía un cigarro sin ningún apuro.
Una de las cosas que he vivido y que metí en Abel es pedir monedas en un autobús. Sabías que otro día irías montado, subiría un chaval al que le faltaran dinero y se lo darías. Sin embargo, ahora estamos en un momento en el que no nos miramos. He hecho viajes en tren en los que se ha sentado alguien a mi lado y no le he visto la cara, no lo he mirado, he seguido con lo mío. Creo que estamos perdiendo eso, pero no sé si es por vergüenza, por miedo... No lo sé. Me da pena porque era bonito.
Hoy habrá gente que viva en edificios donde no conoce a sus vecinos. Yo conocí a los míos al nivel de llamar al timbre y pedir sal. No pasaba nada: mañana tú me pedirías leche. Tengo el recuerdo de llevarle a alguien una botella porque me había dejado una la semana anterior. Era muy normal y creo que se está perdiendo.
¿Hace falta más gente como Antonio? Te diría que sí, pero también recuperar un poco esa sensación de: «Tío, estamos compartiendo esto». Es muy loco que nos ignoremos.
Hay muchas frases potentes en el libro, pero me gustaría destacar una que dice Abel cuando está en el tren y no consigue cerrar los ojos: “Mis pensamientos son el único sitio del que jamás puedo escapar”. ¿Hasta qué punto se identifica con ella?
Mucho. Consigo apagarlos y, afortunadamente, no son pensamientos que traten de sabotearme. Hace mucho tiempo que trabajé bien con ellos y, en cuanto intenta asomar alguno, tengo suficientes herramientas para decirle: “No molestes, estamos aquí trabajando. Vuelve a tu rincón y ya te dejaré salir un rato si me apetece a mí rebozarme en la mierda. Te dejaré media hora”.
Pero los pensamientos no se pueden evitar. Puedes hacer el esfuerzo consciente de controlarlos, ir bajándoles el volumen y apagarlos si tienes la sensación de que te están llevando en una dirección en la que no te apetece ir en ese momento. Pero no puedes evitarlos porque creo que están relacionados con lo que te sucede de forma inmediata.
Voy a poner un ejemplo terriblemente estúpido. Si consigues apagar un pensamiento relacionado con que acabas de salir de una operación de rodilla y no quieres que te pase nada, y te cruzas con alguien que va con una muleta, el pensamiento de la rodilla volver. No lo puedes controlar porque está relacionado con el entorno. Van saliendo y creo que no se puede escapar de ellos. Ahí sí me identifico mucho con esa frase.
Abel reniega de la tecnología, aunque la necesita durante el viaje. Se muestra especialmente crítico con lo que nos hace perder en las conversaciones con otras personas. ¿Hay un deseo de reflexionar sobre hacia dónde estamos yendo?
Sí, cien por cien. Esa es una pelea interna mía. Probablemente no sea tan radical como Abel en esa reflexión, pero tengo esa sensación.
Hemos normalizado tanto pasarnos información durante todo el día a través de mensajes que, cuando nos vemos cara a cara, ya no tenemos nada que contarnos. Todo se traduce en una repetición de la información que hemos tenido durante el día. Tienes la sensación de que hablamos de lo mismo todo el tiempo.
Hay un monólogo, creo que de Chris Rock, con una broma muy divertida relacionada con esto. No te la sé decir exactamente, pero viene a contar que, antes de que existieran los móviles, su padre podía llegar a casa después de trabajar y que alguno de sus hijos hubiera muerto sin que él se hubiera enterado hasta llegar, porque no había opción de llamarlo o avisarlo.
Es demoledor porque creo que las conversaciones, aunque habrá excepciones, en general, son como hablar mucho de nada. Interrumpimos a gente que está en la distancia para darle información que da igual. Tú y yo podemos estar aquí y que a uno le llegue un mensaje. Lo abre y lee: “Pues al final sí había sitio para aparcar”. ¿A quién cojones le ha parecido importante mandar eso?
Nos interrumpimos para cosas que nos dan igual. Y para cosas importantes, como “Acabo de discutir y me ha dejado mal cuerpo”, mandamos un audio cuando la otra persona no puede hacer nada. Creo que se desvirtúa todo mucho.
Estoy de acuerdo en que la tecnología es fenomenal para muchas cosas, como para avisar de que imprevisto hará que llegues diez minutos tarde, pero para otras es aterrador. Cómo funcionan las conversaciones ahora mismo me tiene volada la cabeza.
¿Qué le habría gustado saber con ocho años que no sabía entonces?
El valor de la disciplina. Y que hay momentos, en la mayoría de las cosas, en los que todo te va a parecer extremadamente aburrido. En esos momentos es cuando más vas a tener que remar, porque también forman parte de ese viaje, ya sean relaciones, trabajos, amistades o lo que sea.
Creo que no nos enseñan muy bien a distinguir entre los momentos en los que es importante salir de ahí o bajarse y aquellos en los que es importante seguir remando. Estar ahí porque todavía no entiendes bien lo que está pasando, porque hace falta que sigas o porque estás en un momento en el que todo se va a ralentizar.
Una de las lecturas que me ha dejado el libro es la importancia de no callarnos los «te quiero» que sentimos por las personas que amamos. ¿Era una de sus intenciones?
Me gusta cada vez más la gente que no tiene apuro en verbalizar abiertamente las emociones que siente por otros. Aunque pueda sonar rutinario o aburrido. Decir “te quiero” a tu pareja por rutina me parece estúpido, pero cada vez aprecio más expresarlo.
No digo que tenga que ser cada día, pero disfruto cuando me siento con un amigo a hablar de que me importa. Tiene que ver con sacar de vez en cuando las bromas de las conversaciones serias. Tenemos mucha tendencia al “Cómo te quiero, me cago en la leche, qué guay eres”. Está muy bien, pero de vez en cuando hace falta tomarse un café y dejar claro que esa persona te importa y que estás ahí para lo que necesite. Creo que nos cuesta y que es importante hacerlo, más de lo que creemos. Pero igual esto es paranoia mía también.
El libro también nos muestra cómo nos ven los demás. ¿Qué le gustaría que percibiera el lector del Ángel Martín escritor?
La conclusión que saque sobre mí me da igual. Lo que sí me gustaría es que, al cerrar el libro, tuviera la sensación de que ha valido la pena invertir ese tiempo en mí, en el rato que he dedicado a escribirlo.
Que lo cierre con la sensación de que le ha entretenido, le ha pellizcado y le ha hecho pensar en dos o tres cosas en las que igual no había pensado. Tampoco necesito que sea profundamente, pero sí abrir alguna puertecita que estaba cerrada. Y que se lo haya pasado muy bien.
Creo que la novela es probablemente uno de los formatos más íntimos que existen. Tuve esa sensación con ‘Por si las voces vuelven’ y ‘Detrás del ruido’. Los libros son quizá el formato más íntimo porque estás realmente a solas con la persona que lo está leyendo o escuchando.
Las películas a veces las ves acompañado o estás en casa con más jaleo. Pero con un libro estás metido en la cabeza de quien escribe. No sueles estar leyendo y con el móvil. Ahí el móvil no ha conseguido entrar. Al contrario que con una película o en el teatro, no estás leyendo y mandando mensajes. El libro ha conseguido hacerse fuerte en ese universo.
Si gracias a esa intimidad, cuando se cierra el libro, consigues tener la sensación de que somos un poco más amigos, eso es guay. Esa es la sensación que me apetecería.