El escritor viaja de nuevo a la antigua Roma en ‘Innocentia’, una novela que sigue a un centurión retirado en la investigación del rapto de varias niñas y con la que pone de manifiesto los paralelismos que nos unen con esa época
Juan Tranche:
“Además del altruismo, en muchos de nuestros gestos siempre hay egoísmo”
A simple vista, la radiografía de nuestro mundo actual poco o nada tendría que ver con la referida al año 222, una hipótesis simplista que cuestiona Juan Tranche en su nueva novela, ‘Innocentia’ (Planeta), y de la que nos habla en esta entrevista.
Después de ‘Gladiadoras’, regresa a la antigua Roma mezclando ficción y realidad. En la novela alude a un hecho documentado en el año 331 antes de Cristo. ¿Hasta qué punto fue el punto de partida de la trama?
Lo fue todo. Leí la noticia cuando me estaba planteando escribir esta novela. Siempre necesito un hecho que haga que las piezas empiecen a encajar; algo que me permita sentir que ya tengo el punto de partida, que puedo construir la novela alrededor. Aquel suceso real me sorprendió tanto que decidí dedicarle una novela entera.
Marciano Tauro, el protagonista, está inspirado en un personaje que también existió. ¿Por qué lo elegió?
Quería llevarlo a una época en la que vivió una de las mujeres más apasionantes de la historia: Julia Mesa. En esta novela aparece de pasada, pero su sombra está presente. Siempre me gusta contar historias de grandes personajes femeninos; también lo he hecho en mis dos novelas anteriores.
Además, sabemos que fue una época de mucha actividad de los ‘frumentarii’, lo que podríamos llamar el servicio secreto del emperador. Parece que los James Bond son algo moderno, pero ya existían entonces. Marciano Tauro fue un personaje real. Si alguien ha visto ‘Gladiator II’, recordará a Macrino, interpretado por Denzel Washington: el personaje histórico que acabó con la vida de Macrino fue precisamente Marciano Tauro, uno de esos ‘frumentarii’. Ya tenía al personaje; después había que dotarlo de una vida, y esa parte pertenece a la ficción. Me gusta mezclar los hechos históricos con la ficción para entretener al lector.
Marciano tiene dotes de investigador y, al mismo tiempo, la fuerza de un guerrero. Parece difícil salir adelante en aquella época sin esos atributos y sin los valores que adquirió en la legión.
Sí. Hay unos lazos que estoy convencido de que se forjaban en las legiones. En un contubernio convivían ocho personas: tenían que cocinar juntas y protegerse unas a otras. Quería que Marciano tuviera ese pasado de centurión y legionario porque creo que los vínculos creados entre los soldados romanos los acompañarían durante toda la vida.
Era una época muy belicosa. De ahí surge la idea de un hombre con honor, alguien que nunca te va a dejar en la estacada. Es un héroe, aunque quizá un héroe crepuscular, en horas bajas. Quería que conservara los valores que seguramente le había dado la legión.
Cuando descubre los raptos de menores, decide involucrarse para salvarlas, pero también para salvarse a sí mismo. ¿Cuánto hay de altruismo y cuánto de egoísmo en esa decisión?
Hay de las dos cosas. Alguien que ha tenido una posición importante, como él, necesita volver a sentirse útil. Había estado al frente de cuestiones relacionadas con el servicio secreto de la emperatriz y ahora está retirado. Una persona así necesita recuperar un poco de adrenalina. Por supuesto que hay altruismo, pero creo que en muchos de nuestros gestos también hay algo de egoísmo: miramos un poco por nosotros mismos.
Uno de los temas de la novela es la corrupción, que sigue muy presente en nuestros días. ¿Aparece cuando se llega al poder o es algo que ya estaba latente y aflora al ocupar una posición de privilegio?Creo que los lectores encontrarán muchos paralelismos entre aquella época y la nuestra, y la corrupción es uno de ellos. Hubo senadores y personas corruptas, los hay y los habrá. Pero también aparecen otras cuestiones muy actuales, como la trata de niñas o el miedo de las mujeres a quedarse solas. Son cosas que parecen propias de nuestro tiempo y que ya sucedían en la antigua Roma. La corrupción es uno de los paralelismos que más quería tratar en la novela. La vemos cada día en las noticias.
Como conocedor de la antigua Roma, ¿diría que la corrupción estaba más presente entonces que ahora?
Estaba presente en todos los aspectos de la vida, especialmente en la relación de las élites con el pueblo llano. En Roma no se movía nada sin sobornos o sin contactos. Eso también nos resulta familiar hoy. La corrupción formaba parte de la vida cotidiana romana.
La impunidad también aparece en la novela. ¿Quería mostrar con ella la distancia entre las élites y el pueblo?
Por supuesto. También tiene que ver con la forma en que construí el desenlace: quería mostrar que no todo queda impune, aunque a veces lo parezca. Pero es cierto que las grandes élites romanas se protegían unas a otras. La impunidad formaba parte de su manera de actuar.
Al ver que la corrupción y la trata de menores han perdurado durante siglos, cuesta no ser pesimista sobre la posibilidad de erradicarlas.
Ojalá pudiéramos hacerlo. Sería un mundo mejor. Creo que la sociedad romana es una de las que más se parecen a la nuestra. Después llegó el feudalismo y ya no encontramos un espejo tan próximo como el de Roma, con su Senado y sus estructuras políticas. No sé si tú y yo veremos desaparecer esas lacras, pero ojalá ocurra.
¿Era habitual la presencia de asesinos a sueldo como Aquilio?
Sí. Aquilio también es uno de los personajes documentados. Existen referencias a sicarios y a ‘frumentarii’ en las que me he apoyado para crear a estos personajes. Los asesinos a sueldo, igual que la corrupción, formaban parte de la historia de Roma. Cuando alguien quería acabar con otra persona, podía contratar a un profesional. Se hacía entonces, se hace ahora y seguramente se seguirá haciendo.
Hablemos de las mujeres. Domicia ayuda a Marciano y demuestra una inteligencia y una pericia que quizá no siempre se reconocen en la novela histórica. ¿Se ha infravalorado el papel femenino en el género?
Es algo de lo que hablo largo y tendido en ‘Gladiadoras’. Domicia es mi personaje favorito de esta novela y quería que lo fuera. Tauro pone la intuición y la fuerza, pero ella es sagaz y piensa rápido.
Las mujeres, como Julia Mesa, permanecían muchas veces a la sombra de los hombres, pero eso no significa que no fueran importantes. Estaban ahí, en la casa, dando su opinión e influyendo en las decisiones. Sabemos que grandes hombres del Imperio estuvieron rodeados de grandes mujeres: Augusto tuvo a Livia y Nerón, a Agripina.
Quiero seguir dando a las mujeres la importancia que merecen en mis novelas. Es verdad que no podían presentarse a cargos políticos y que tenían muchas limitaciones, pero hubo grandes mujeres que destacaron. Sus historias siempre me va a gustar contarlas.
Otra de ellas es Elia, una de las chicas raptadas y un ejemplo de lealtad. ¿Podríamos hablar de sororidad en su caso, muchos siglos antes de que utilizáramos esa palabra?
Sí, sin duda. Al estructurar una novela pienso en los personajes que quiero que mantengan su fuerza hasta el final, y Elia era uno de ellos. Desde dentro, adquiere un papel protagonista en el intento de acabar con toda la trama. Creo que es una de las grandes sorpresas del libro. Es un personaje fascinante.
Para terminar, ¿cómo ha equilibrado la documentación histórica con el ritmo necesario para enganchar al lector?
Es la novela con la que más me he divertido. No estaba tan condicionado por los hechos históricos. En ‘Gladiadoras’, por ejemplo, había un periodo muy concreto de la vida de Adriano y Antínoo, desde el comienzo de su relación hasta la muerte de Antínoo. Esos acontecimientos marcaban los años en los que podía moverme.
Aquí he tenido más libertad para crear lo que quería contar e incorporar curiosidades que quizá no cabían en otras novelas: el mundo de los sicarios o una partida clandestina de dados, que era algo parecido al póker en la antigua Roma. He podido explayarme y ofrecer pequeñas pinceladas de la vida cotidiana sin agobiar al lector.
Hoy imaginamos a un investigador con pantalones vaqueros y una pistola; allí llevaba túnica y puñal. Quería que el lector se entretuviera y, al mismo tiempo, descubriera cómo se hacían ciertas cosas en la antigua Roma. Me lo he pasado como un niño pequeño escribiéndola.