En ‘La marquesa y Bonaparte’, la escritora madrileña ahonda en la figura de Mariana de Waldstein, mujer clave en la Corte de Carlos IV y el Madrid de 1800
María José Rubio:
“Las cuestiones humanas, incluyendo el amor, son indisolubles del poder”
Historiadora, escritora y madrileña, María José Rubio ha decidido combinar estos tres ámbitos en ‘La marquesa y Bonaparte’, una novela que acaba de ver la luz y en la que la autora entrelaza intriga diplomática, arte y pasión en el Madrid de 1800. A través de la figura de Mariana de Waldstein, marquesa de Santa Cruz, y su relación con Luciano Bonaparte, la autora ilumina un episodio poco conocido de la historia napoleónica en España y reflexiona sobre poder, libertad femenina y la dimensión humana de las decisiones políticas.
Después de tanto tiempo de trabajo, ¿qué sensaciones tiene ahora que la novela ya es una realidad?
Es una sensación de satisfacción. Es un libro del que me siento muy orgullosa. Estos días he vuelto a releerlo y me ha sorprendido porque me he vuelto a imbuir en la historia como si no fuera mía, como si acabara de llegar a ella. Me parece una novela bien construida, con rigor histórico, pero también con una trama que engancha. Es una novela de personajes y estoy emocionada por el interés que están despertando. Tiene un equilibrio entre intriga política, arte y amor. Muestra cómo Europa se decide en las conversaciones que se daban en los salones del Madrid de 1800. Y plantea cómo el arte, el amor y la política son armas de poder que siguen siendo actuales.
¿Qué le llamó la atención de la marquesa de Santa Cruz y de Luciano Bonaparte para convertirlos en protagonistas?
Descubrí a Mariana de Waldstein en una mención sobre mujeres de la Ilustración. Me intrigó que fuera pintora y una de las primeras académicas de San Fernando, y también su vida sentimental, tuvo una retahíla de amantes interesantísimos. Me pregunté quién era, tiré del hilo y encontré su relación con Luciano Bonaparte y la embajada de este en España. Era un hecho fascinante y, en cierto modo, poco conocido. Ahí vi que había un trasfondo político mucho más complejo que una simple biografía, que fue mi primera idea. Decidí entonces construir una novela más amplia y compleja sobre la cuestión napoleónica, la Corte de Carlos IV y la estrategia política de 1800.
“La relación con Luciano Bonaparte daba para más que una biografía”
Mariana afirma en la novela que “vivir sin permiso” fue su manera de existir. ¿Fue una mujer adelantada a su tiempo?
Fue una mujer que vivió en esa Ilustración que dio a ciertas mujeres de élite un aire de libertad sorprendente para la época, porque luego, en el siglo XIX, hubo un gran retroceso en este campo. Fueron mujeres como la propia marquesa de Santa Cruz, la duquesa de Alba, o la condesa-duquesa de Benavente, que está como personaje secundario en la novela. Todas ellas tuvieron libertades personales, incluso sexuales. Tenían sus matrimonios, pero, al mismo tiempo, se permitían, quizás por la influencia francesa, de tener esos cortejos, esas libertades sexuales e incluso protagonistas de la vida social y cultural. Es una especie de cápsula de tiempo donde son mujeres visionarios, aunque luego el siglo XIX aplacara esa visión. La condesa-duquesa de Benavente fue la primera mujer que preside una institución civil en la historia de España. Es un momento muy interesante para estas mujeres, que fueron valientes a la hora de romper etiquetas, con sus consecuencias. Para mí, vivir sin permiso no es vivir de forma alocada y hacer lo que uno quiera sin más, sino que toman decisiones sobre su propia vida, implica también una responsabilidad sobre las decisiones que toman.
¿Es difícil encontrar documentación sobre relaciones extramatrimoniales en esa época?
La parte emocional es la más complicada, porque no está en los documentos. Pero, de Mariana de Waldstein pude consultar cartas que escribió a su primer amante, William Beckford, un aristócrata inglés pionero de la novela gótica que estuvo en España. Eso me permitió entender su personalidad apasionada y que se puso a la sociedad española por montera. Acababa de llegar de Viena y, al tener este romance con Beckford, quiso abandonarlo todo y marcharse con él. Ella necesitaba amar como respirar. También encontré cartas de la familia Bonaparte y hasta una miniatura suya en el Museo Napoleónico de Roma, es decir, que la propia familia Bonaparte la incluía en sus retratos. Esa relación fue real, existió, y es algo que distancia a Luciano de Napoleón. Este quería controlar toda la vida de sus hermanos y le pareció horrible esa relación. Como toda la novela parte de una gran investigación histórica, tengo la solvencia suficiente para ficcionar lo que los documentos callan de una forma coherente para que parezca veraz.
¿Dónde traza la frontera entre realidad y ficción?
En la novela hay datos históricos que quizás el lector los lea de una pasada, pero que a mí me han costado horas de investigación. Un ejemplo de ello es el préstamo de Luciano Bonaparte o detalles del testamento del marqués de Santa Cruz proceden de documentos reales. Estos datos construyen el personaje, acabas entendiendo cómo se manejan y cómo hablan gracias a toda esa información que enraízan la historia en la verdad.
¿Cree que la marquesa tuvo más peso en la corte de Carlos IV de lo que ha trascendido en los libros de Historia?
Creo que fue una mujer que debió marcar mucho a la sociedad de su tiempo y por eso, quizás, ha estado tan callada. Su marido era mayordomo mayor de Palacio, uno de los cargos más importantes tras el rey, fue un hombre importantísimo, director de la Real Academia, fue un gran hombre ilustrado, que creía en el progreso. Ella era pintora, académica y retratada por Goya. Socialmente debía tener mucho prestigio y presencia. El hecho de ser enemiga de la reina quizá la apartó del protagonismo de la Corte.
Luciano Bonaparte estaba considerado como una oveja negra dentro de su familia, no seguía los designios de Napoleón. Siempre se ha puesto el foco sobre José Bonaparte, pero, ¿fue más importante el papel de Luciano para que Napoleón viera cumplida su ansia imperialista?
Fue el primer Bonaparte que pisó España, el primer emisario de Napoleón. De hecho le debe el ascenso al poder a este hermano. Luciano era un hermano menor que se sentía más inteligente que Napoleón y piensa que su hermano le debe el ascenso político que está teniendo. Luciano reafirma la alianza entre España y Francia en un momento decisivo. A través de esa misión se puede ver que el objetivo de Napoleón era convertir a España en un súbdito suyo. Luciano quiere tener personalidad propia, empieza a entender y a enamorarse de España, algo que Napoleón nunca hizo.
“Tengo la solvencia para ficcionar lo que callan los documentos”
La relación entre Luciano y Godoy es uno de los ejes más interesantes. ¿Cómo la planteó?
Es una relación fascinante. Son dos hombres que, de forma individual, ya me fascinan, hombres hechos a sí mismos, que se miden y se admiran, pero se deben a intereses de Estado. No son enemigos declarados ni amigos íntimos. Esa relación tan inteligente, con tanta astucia y muchas cosas que callan y otras que dicen por detrás me dio mucho juego narrativo.
La ambientación es muy visual. ¿Cómo trabaja esa parte?
Trabajo de forma muy visual, de hecho, cuando escribo, estoy viendo a los personajes, primero los estudio y luego, como en el cine, es como si se movieran y hablasen. Conozco los lugares reales: el Palacio Real, el Madrid de los Austrias, Aranjuez... Para mí es fundamental que el escenario no sea un adorno, sino parte viva de la trama. El lector debe sentir que pisa esas alfombras del Palacio Real y recorre esas calles.
Efectivamente, Madrid es un protagonista más de la novela. También menciona a lugares como Getafe o Valdemoro...
Los cito básicamente cuando Luciano hace los viajes de Madrid a Aranjuez, porque el lector tiene que entender cómo se viajaban entonces, en carruaje, las leguas que recorrían, el tiempo que tardaban... la sensación de espacio y tiempo forma parte de entender una época. Luciano está descubriendo España, sale de esos entornos palaciegos de Madrid y se encuentra con el contraste, esa España rural, las calles embarradas, el carruaje que se atasca y casi vuelca y esas poblaciones donde parece que el tiempo se ha detenido.
¿Hay algún aspecto dentro de la investigación que le haya llamado poderosamente la atención?
La novela se basa en tres pilares, la parte política, la artística y la parte amorosa. Las tres son armas políticas, no se desarrollan de forma independiente, sino que todo forma parte de una intriga política. Por ejemplo, Luciano descubre el arte como un elemento de prestigio, de autoridad, de subir el nivel social. Esa parte también a mí me ha parecido fascinante.
Como buena conocedora de la época y también de la ciudad, ¿qué lugar de Madrid aconsejaría a la gente que visite que aparezca dentro de la novela?
Sobre todo en el entorno del Palacio Real, que es donde se mueven los personajes. Muy cerca estaba el Palacio de Godoy, que todavía sigue estando en pie. Al lado, en la que antes era la calle de las Rejas, vivía la Marquesa de Santa Cruz. La calle de San Bernardino, que está por detrás del Palacio de Liria, ahí está el que hoy es Palacio de Santa Cruz, que entonces era la Embajada Francesa. Por supuesto lo que Luciano recorre a pie, como la Puerta del Sol y el Madrid de los Austrias. Básicamente, el Madrid palaciego.
“Europa se decidía en conversaciones palaciegas del Madrid del año 1800”
¿Cuánto hay de real en el episodio del cuadro de Velázquez?
Luciano Bonaparte se llevó unos 150 cuadros a Francia. Descubrí que tenía un Velázquez, La dama del abanico, hoy en la Wallace Collection. Yo construyo una trama ficticia sobre cómo pudo conseguirla, pero el hecho histórico está documentado.
¿Hemos infravalorado el papel del amor en las decisiones geopolíticas?
Totalmente. Esta novela pone en brillo cómo funciona el poder que, como la Historia, está hecho por personas, con sus propias tramas y ambiciones. El amor forma parte también de las personas que deciden aspectos de poder, por lo tanto, es indisoluble. La persona que toma grandes decisiones de Estado puede estar enamorado o haber sufrido un engaño amoroso. Las cuestiones humanas son indisolubles del poder. El amor, con sus cosas buenas y malas, está ahí, y eso también tiene consecuencias, forma parte de la estrategia política.