Personajes

Michele Ruol:

“El dolor no siempre une; muchas veces separa porque crea silencios”

El escritor italiano presenta ‘Inventario de lo que queda cuando el bosque arde’, novela que gira sobre una familia devastada por la pérdida de sus dos hijos

Hay historias que no responden exclusivamente a problemas locales, sino que trascienden fronteras para adquirir la categoría de universales. Por ejemplo, ¿cómo se enfrentan al duelo un padre y una madre que han perdido dos hijos en un brutal accidente? A partir de esa dura pregunta, Michele Ruol empezó a dar forma a ‘Inventario de lo que queda cuando el bosque arde’ (Siruela), una novela tan delicada como intensa.

‘Inventario de lo que queda cuando el bosque arde’ supone su salto a la narrativa. Viendo la extraordinaria acogida que está teniendo, tanto por parte de la crítica como de los lectores, imagino que estará muy satisfecho.
Sí, estoy muy feliz y también muy sorprendido. Al ser mi primera novela han sucedido muchas cosas que nunca habría imaginado. Este libro me ha permitido vivir experiencias que no esperaba, como verlo traducido a otros idiomas o estar estos días en Madrid presentándolo. Es realmente emocionante comprobar que una historia que nació de una manera tan íntima recorre ahora caminos que jamás había imaginado y puede encontrarse con lectores españoles. Estoy profundamente agradecido por todo lo que está ocurriendo.

Antes había escrito teatro y relatos. ¿Sintió vértigo al enfrentarse por primera vez a la escritura de una novela?
La escritura siempre ha formado parte de mi vida. Anteriormente escribí relatos y textos teatrales, pero desde hacía mucho tiempo deseaba escribir una novela. Lo había intentado antes, aunque probablemente todavía no estaba preparado. Ahora siento que sí era el momento adecuado. Son disciplinas que comparten algunos elementos, pero escribir una novela es una experiencia completamente distinta. Estoy muy contento de haber dado ese paso.

¿Cuál fue el punto de partida de esta historia? ¿Nace del conocimiento de familias que hayan vivido una tragedia similar?
En realidad fueron muchas cosas que terminaron uniéndose. Por una parte, conocí de cerca historias de personas que habían vivido tragedias semejantes. Esas experiencias me marcaron profundamente y, sobre todo, me dejaron muchas preguntas abiertas, preguntas para las que no encontraba respuesta.

Después llegó un momento muy importante en mi vida: convertirme en padre. Descubrí una felicidad inmensa, pero también una fragilidad que hasta entonces desconocía. Cuando tienes un hijo comprendes que la alegría convive inevitablemente con el miedo. A todo eso se sumaron muchas preguntas nacidas de mi trabajo como médico. Todos esos elementos fueron sedimentando poco a poco hasta que terminaron convirtiéndose en esta novela.

Decidió contar el duelo familiar a través de los objetos de la casa y no de los acontecimientos. ¿Por qué eligió ese enfoque?
Porque los objetos eran la única manera que encontré de contar esta historia. La novela contiene un núcleo de dolor muy profundo y quería acercarme a él con absoluta pureza, sin dulcificarlo, pero también evitando cualquier forma de sentimentalismo o de espectáculo. Los objetos funcionan como un filtro. Me permitían acercarme a ese fuego ardiente del dolor manteniendo una mínima distancia de seguridad. Era la única forma de aproximarme a una historia tan dolorosa sin traicionarla. Por eso cada objeto refleja una parte distinta de la vida de esa familia y permite que el lector se acerque al sufrimiento sin que la novela caiga en el exceso emocional.

Precisamente cada capítulo recibe el nombre de un objeto. ¿Fue una idea concebida desde el principio?
Sí, completamente. Desde el primer momento imaginé que el lector entraba en una casa vacía y comenzaba a recorrerla habitación por habitación, objeto por objeto. El primer objeto que describí fue precisamente el marco de plata con la fotografía de los dos hijos. A partir de ahí fui imaginando que caminaba por esa casa y me preguntaba qué historia podía contarme cada objeto. El proceso de escritura no fue lineal. Muchas veces me perdí, otras descubrí que algunos objetos eran innecesarios y los eliminé. También hubo otros que aparecieron más tarde porque comprendí que faltaban. Pero el recorrido espacial de la casa siempre estuvo presente desde el comienzo.

“Al ser padre descubrí una gran felicidad pero también la fragilidad”

Los protagonistas no reciben un nombre propio. ¿Buscaba que cualquier lector pudiera sentirse reflejado en ellos?
En parte me interesaba saber cómo el lector se siente reflejado en unos roles universales que todos conocemos y que, de una manera u otra, todos habitamos a lo largo de nuestra vida: ser hijo, ser padre, ser madre. Pero también respondía a otra decisión narrativa. Durante la escritura intenté eliminar todo aquello que consideraba superfluo para dejar espacio al silencio, al vacío y a aquello que no necesita ser explicado. Los nombres, en este caso, me parecían innecesarios. Los personajes ya existían plenamente a través de su condición de padre, madre o hijos. No necesitaban nada más para que el lector pudiera reconocerlos y establecer un vínculo con ellos.

Padre y Madre afrontan la misma tragedia, pero viven el duelo de una forma muy diferente. ¿Fue difícil encontrar el equilibrio entre ambos personajes?
Es un punto muy interesante. Quería mostrar que no existe una forma universal de afrontar y gestionar el dolor. Cada persona atraviesa el duelo con sus propios tiempos, con sus propios silencios y con una manera distinta de reaccionar. Por eso Padre y Madre recorren caminos completamente diferentes, aunque compartan la misma pérdida.

El dolor, por lo general, no une, sino que separa y disgrega porque crea silencios, incomunicación y distancia. Mientras escribía intentaba empatizar con ambos personajes, imaginando cómo reaccionaría cada uno. Al final comprendí que el verdadero protagonista de la novela no era ninguno de ellos por separado, sino la pareja y el equilibrio asimétrico que hay entre ellos. Me interesaba observar cómo dos personas que ya no hablan el mismo idioma intentan volver a encontrarse después de una pérdida tan devastadora.

El título de la novela es muy evocador. ¿Es posible reconstruir una vida a partir de las cenizas que deja un incendio como el que viven estos personajes?
Es una pregunta muy difícil y, sinceramente, no tengo una respuesta. Esta novela no pretende ofrecer respuestas ni convertirse en un manual de ayuda. Es una duda que queda abierta y que también me hago a mí mismo. Lo único que intenté fue acompañar a estos personajes para descubrir si eran capaces de encontrar un camino y cuál podía ser ese camino.

Lo que sucede en la novela es que, poco a poco, encuentran una manera de acoger el dolor y de aceptar el duelo como una parte inseparable de sus vidas. No significa que el sufrimiento desaparezca, sino que aprenden a convivir con él. Pero creo que ese recorrido nunca puede ser universal. Cada persona atraviesa el duelo de una forma distinta y cada uno encuentra, si llega a encontrarlo, su propio camino.

“No pretendo dar respuestas ni hacer un manual de ayuda”

Además de escritor, trabaja como médico anestesista. Antes comentaba que algunas de las preguntas que aparecen en la novela nacen precisamente de esa experiencia profesional. ¿De qué manera dialogan la medicina y la literatura en su vida?
A primera vista parecen dos disciplinas completamente distintas, pero para mí mantienen una relación fuerte. No creo que sea casualidad que a lo largo de la historia hayan existido tantos grandes escritores que también fueron médicos: Chéjov, Bulgákov, Céline y muchos otros. Estoy convencido de que existe un vínculo entre ambas profesiones. Ese vínculo es, sobre todo, la capacidad de escuchar al otro. Ser médico significa ponerse al servicio de una persona, escucharla, comprender cuáles son sus necesidades y tratar de acompañarla. La literatura también nace de esa escucha. Las historias existen porque alguien necesita contarlas y porque otra persona está dispuesta a recibirlas. Para mí, la palabra es el puente que une ambos mundos. La literatura se construye con palabras. La medicina, naturalmente, es una ciencia y se basa en conocimientos técnicos, pero la diferencia entre una medicina verdaderamente humana y otra que no lo es también está en la palabra.

Si la medicina se convierte únicamente en técnica, corre el riesgo de volverse fría, distante y de perder el contacto con la persona que tiene delante. Y para mí eso ya no sería realmente medicina.

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